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Archive for 3 julio 2009

La otra educación superior, parte 1:

FORMACIÓN TÉCNICA, PERO DE LAS SEIS EN ADELANTE

Luego de conocer el lujo y la tecnología de las universidades cota mil, quisimos ir en busca del contraste. Tras debatirnos entre Universidades o Institutos Profesionales, optamos finalmente por un Centro de Formación Técnica. Con la decisión en nuestras mentes y el teclado en nuestras manos comenzó la cacería. El sitio web del Consejo Superior de Educación registra cerca de 85 CFTs acreditados, uno de ellos sería la víctima de este número.

Por Fabián Araneda y Natalia Sánchez

La oferta de futuros por módicas sumas de dinero es sorprendente, tanto como la creatividad para nombrar las carreras y cursos que imparten, “Auxiliar de párvulos computacional”, “Técnico superior en Orientación, Mediación familiar y social” por ejemplo.  Carreras de dos semestres, aranceles desde 19 mil pesos mensuales, cursos presenciales, semipresenciales y a larga distancia, se ofrecían a diestra y siniestra. Entre tanto vagar de un sitio a otro, dimos con el Centro de Formación Técnica CEITEC. Con el lema “proyectos de vida”, CEITEC ofrece carreras y capacitaciones. Con su dirección, una libreta y todos nuestros prejuicios en el bolsillo partimos al encuentro de lo que suponíamos sería la precarización.

Frontis Ceitec

Frontis Ceitec

Metro Toesca y luego Gorbea con Ejército, en pleno barrio de universidades privadas, se encuentra la casona. En su exterior hay una cantidad de jóvenes vestidos como si el edificio al que rodean fuera mas una disco que un CFT. Pokemones, raperos, punkies, emos y metaleros con mochila al hombro conversan alegremente. Al parecer las clases no han comenzado.

En el pequeño hall de entrada hay un par de recepcionistas charlando, no advierten nuestra presencia, o quizás no les importe. Caminamos por el pasillo y llegamos a un pequeño patio con un kiosco. Una escalera de caracol, que parece ser lo mas sólido del edificio, es el único camino para llegar a las salas. Subimos.

 En el pequeño segundo piso algo llamó nuestra atención. Una sala un tanto desordenada, con mochilas en sus asientos, tenía escrito en la pizarra una guía para la PSU. Nos miramos, ¿PSU en un CFT? No le dimos importancia. Nos quedamos en ese pasillo tomando notas y observando hasta que sonó un timbre.

 El ambiente se agitaba, los jóvenes que vimos afuera ingresaban al patio. Sopaipilla en mano subían las escaleras y entraban a las salas. Pasábamos desapercibidos. Por las escaleras empezaron a subir personajes de mayor edad, gente con perfil de profesores de colegio. Con libros de clases en mano se paraban en la puerta apurando a los alumnos más relajados y sacando a los que entraban comiendo. El olor a mostaza se sentía por todos lados, venía de una pareja completera que había sido expulsada de la sala PSU. Entre risas y garabatos, comían su alimento hasta que llegó otro personaje de edad mayor. Una mujer de rostro duro se acerca a la muchacha y le dice:

– ¿Por qué comes en horario de clases? ¿Por qué no comes cuando corresponde, que es en el recreo?

– ¡Pero si me lo compré hace caleta de rato! – responde altiva la muchacha.

– ¡No me hablas así! ¿Qué te crees tú?, una anotación y te vas. Mucho cuidado conmigo. No seas rota. Dame tu nombre – sentencia la mujer.

La joven solamente ríe y no responde. La mujer se ofusca y le pide el nombre al profesor.

 

Dos por uno, más uno = CEITEC

 Tras el incidente, ella advierte nuestra presencia. Nos mira de pies a cabeza y extrañada nos pregunta: ¿Ustedes de qué clase son? Le explicamos que de ninguna, que somos estudiantes de la Universidad de Chile y que estamos visitando CFTs para una investigación. El solo hecho mencionar la casa de Bello produjo un cambio de actitud. La mujer, ya mucho más curiosa que agresiva, nos explica que allí no puede entrar cualquier persona porpatio Ceitecque al Colegio asisten alumnos en riesgo social. ¿Colegio? Le preguntamos a qué se refería y la respuesta fue una sorpresa de proporciones. “Hasta las cinco de la tarde es el Colegio Altazor -un 2 por 1- y a las seis comienzan las clases del CFT”.  Recién pudimos comprender porqué todo hasta ese minuto parecía un jeansday de la escuela, efectivamente lo era.

La mujer se llamaba Marta Godoy y resultó ser la subdirectora del Colegio. De manera inevitable le expulsamos todas nuestras preguntas atragantadas, así nos explicó que no siempre la cosa fue así. El Colegio funciona desde el año 2001, cuando empezaron con un sólo curso de puros adultos. Hoy los cursos ya son 11 y sus alumnos puros jóvenes con la rebeldía propia de aquellos que la sociedad margina. La señora Marta nos aclaró también que los alumnos del Colegio con la gente del CFT jamás se topan. Antes que lleguen los segundos, el lugar se deshabita y se asea por completo. ¿Y los profesores, son los mismos?, preguntamos. -No, sólo algunos se repiten, los de castellano y matemáticas, pero los directores de carrera son todos profesionales. El de Técnico jurídico es un abogado, el de Mediación familiar y social, un sicólogo, y así.

Continuamos la conversación por un rato. La señora Marta se lamentaba de tantos pesares. “Nosotros nos esforzamos por mantener el lugar acogedor. Si te fijas está todo limpio, ordenadito, los baños están impecables, pero aquí los chicos vienen a cualquier cosa, menos a estudiar. Hacen lo que quieren, llegan a la hora que quieren. No es fácil, la cosa no es fácil”. Su voz sonaba triste, preocupada, pero por sobretodo resignada. Tras el breve instante de desahogo, de un momento a otro volvió a su realidad. Los dejo -nos dijo-, y se marchó. Luego descubrimos que el apellido Godoy se repetía en distintos cargos académicos y administrativos, lo que explicaba en gran medida el ambiente familiar de todo el sitio.

Nos sentamos en unas sillas del patio. Todo volvía a ser tranquilidad. Se escuchaban a lo lejos las voces de profesores y las risas y burlas de los alumnos. Observamos alrededor y con nostalgia pensamos en nuestra época de colegio, con los mismos auxiliares vestidos de cuadrillé caminando de aquí para allá. Volvimos al pasillo y encontramos otra escalera. Cada peldaño rechinaba en nuestros oídos y evidenciaba la realidad de un edificio que no desea morir. Un edificio con olor a historia.

Caminando en ese pequeño segundo piso llegamos a la biblioteca. Chiquita, acogedora y con un par de personas. Tomábamos fotos y nos dábamos vuelta, pero no advertían nuestra presencia. Había una galería con libros, cuatro computadores y al otro lado una fotocopiadora y un cartel impreso que decía: Ahora en tu biblioteca, Wifi acceso gratis, que sonaba como una ironía cruel.

 Paseamos un momento por salas vacías, ya sin mucho que decirnos. Lo habíamos visto todo. Poco importaba que no hubiesen empezado las clases del CFT, no era lo más importante. Bajamos las escaleras, otra vez nadie advirtió nuestra presencia. Volvimos al hall, caminamos a la puerta y salimos a la calle.

 Miramos nuevamente la fachada del edificio. El logo de Altazor en la puerta por fin nos hizo sentido. Subimos la mirada buscando en la publicidad alguna evidencia de que en ese edificio se hicieran clases 2 por 1. Nada. ¿La razón?, quién sabe. El cartel de la oferta académica versaba “Carreras con futuro”. Inevitable pensar en el futuro de aquellos jóvenes, cuántos de ellos realmente alcanzarían una de esas carreras, nadie lo sabe.

 Vinimos buscando un CFT, precarización, absurdas ofertas de estudio y nos fuimos con la grata imagen de una familia que, a pesar de su lucro, trabaja para que jóvenes puedan sacar con esfuerzo -y no exentos de problemas-, su cuarto medio.

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