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Con la exactitud y la precisión de una radiografía, la novela de Héctor Aguilar Camín atraviesa y revela la fractura histórica de México, y en su reflejo la de Latinoamérica toda. Inundada de los reales alcances, tanto a nivel social como personal, de quienes ejercen el oficio de recrear, registrar y retratar la historia –periodistas e historiadores- La Guerra de Galio dilucida los conflictos de poder y de la legalidad de las verdades de la casta intelectual y gubernamental, en una prosa envolvente que traspasa el blanco y negro para entregarnos una radiografía llena de colores y matices. 

Vida privada, pública, académica, secreta, clandestina, poderosa y apasionada es la vida de Carlos García Vigil, el historiador que incursiona en el periodismo en el diario La República y que es protagonista de esta novela publicada en 1994, que transcurre cronológicamente entre los años 1968 y 1986 en México. Aguilar Camín avisa ya desde el prólogo su relación alumno maestro y, más aún, su carga afectiva hacia la figura de Vigil, de quien rescataría una de sus mujeres, tras su muerte, las anotaciones del propio Carlos que darían fruto a esta novela.

 Una mezcla del legado secreto de Vigil, que cuenta su propia historia en la voz de las innumerables citas que dan cuerpo al relato, y la pluma minuciosa en recreaciones y descripciones del autor, apoyado en el testimonio de los personajes reales, son esta herida a tajo abierto de la historia de colonialismo, revolución frustrada y autoritarismo encubierto de México en las décadas de los 70’ y 80’.

 “El conjunto era algo menos y algo más que la historia sentimental y política de una generación. Era un esbozo encarnado de la trágica generosidad de la vida mexicana, su enorme capacidad de dispendio humano y la resistencia, diríase intemporal, de sus propios lamentos”, escribe en el prólogo Aguilar Camín respecto de las notas de Vigil que recopiló en esta novela.

Discordia intelectual

 El eje central de la trama de La Guerra de Galio es la inclusión del protagonista a la labor periodística en el diario La República, el de mayor tradición y prestigio del México de la época, y en ese escenario su confrontación con la labor del gobierno del PRI en la represión de la guerrilla que se vivía. Su intromisión en los cambios que llevó a cabo junto a Octavio Sala, célebre director del medio, en la línea editorial que pasó de ser meramente informativa a una mucho más incisiva, dilucidadora y por sobretodo contestataria a la inercia del sometimiento gubernamental, da paso a una guerra de poder electrizante.

 Vigil, bajo el alero de Octavio Sala y su “República”, resulta especialmente interesante por provenir precisamente del oficio de historiador. Su vasto conocimiento entregado en sus publicaciones de los procesos de la revolución mexicana y su abierta crítica a los resultados más allá de las motivaciones del proceso, dotan al personaje de una carga intelectual que le permite caer en intensos diálogos con el personaje disidente, Galio Bermúdez. Galio, también historiador, encarna la posición gubernamental justificándola desde su visión histórica, pero mucho más allá del convencional argumento democrático, justifica sus miserias, la lacra, el juego sucio que se esconde en los sótanos, y que es necesario en pos de mantener el orden social, la tranquilidad de un México dócil y sufriente.

 La guerra de Galio es la metáfora entre las posibles acciones o posiciones desde la itelectualidad. Vigil y Galio, ambos historiadores, concuerdan ampliamente en muchos de los aspectos de la historia de México, y es lo que mantiene su amistad a pesar de su confrontación, que no es otra que la de vivir de distintas formas el tener conocimiento de ello. Uno desde la denuncia periodística de aquellas lacras ocultas en la oscuridad y el silenciamiento, y el otro justamente en cultivarlas y mantenerlas. 

“Desconfío, pues, del presente, y de su forma suprema, vacía por excelencia, que es el periodismo. He dedicado treinta años y doce libros a la historia colonial de México. Puedo decir que encontré ahí más explicaciones de los males presentes de nuestro país que en el registro de sus catástrofes cotidianas que narran los periódicos, con su inmediatez desmemoriada y su exageración profesional”.

El cuarto poder 

 Esta cita del prólogo ya es un anuncio de la importancia del periodismo en esta discordia intelectual. La labor que asume La República en torno a la incipiente guerrilla –y durante sus momentos más álgidos- es la espina diaria, constante, del gobierno. Los peligros que se avecinan cuando la voz más institucionalizada de la prensa nacional decide destapar los montajes militares y dar cabida, espacio, lectoría y respaldo a la lucha armada, no se hacen esperar en la novela.

 Tras alcanzar la gloria soñada de todo medio de prensa, en la crítica situación latinoamericana en cuanto a libertad de expresión y autocensura –herencia de las dictaduras propias de la región-, de desligarse del financiamiento de la publicidad empresarial y gubernamental y lograr su total independencia, La Republica pagó su precio.

 Mientras algunos gozaban de la libertad periodística -del autonomismo que produce el financiamiento exclusivo de la lectoría- de ejercer su labor fuera de la presión de poderes políticos o económicos, adoptando a plenitud una ideología a su ver revolucionaria de servicio al país, otros desde el interior sufrían el escarnio de haber perdido sus privilegios, gestando una sangrienta e inevitable conspiración que acabó con el sueño de Sala.

 Aún con la posibilidad de fundar un nuevo periódico, La Vanguardia, que logra posicionarse dentro de los lectores, además de ser un éxito comercial, finalmente desencanta en la novela al perder el norte del porqué se buscaba la independencia editorial, más allá de la confrontación por la confrontación antigubernamental. Vigil, es retratado como causa magna de esta trasformación a un periodismo moderno y punzante, sin embargo, se ve sobrepasado por la intransigencia de informar todo sin medir afectos involucrados, por la inmediatez de los efectos informativos, por las consecuencias visibles y tangibles del poder de un golpe noticioso. Huye, deserta.

 Un enganche de estilo

Ciertamente lo más atractivo del libro, y que lo convierte en una excelente novela más que una biografía no autorizada, es el estilo envolvente de la prosa de Vigil, encarnada de forma casi exacta por Héctor Aguilar Camím. El formato de incluir testimonios reales al inicio de cada capítulo, y citas de Vigil a lo largo de toda la obra le otorga una validez y fluidez al relato impagables para el lector, además de un dejo amargo de nostalgia por agregado.

  La forma astuta y casi enfermiza de entrecruzar la vida cotidiana, el desenfreno nocturno y fructífero de bares, cantinas, cabaret y de amores sufridos -y otros tantos desabridos y ambulatorios- propios de la casta intelectual latinoamericana de época, junto al poder y las consecuencias de su vida pública, es una radiografía casi esquizofrénica que podría pertenecer a tantos otros símiles, como a nuestro premio Nóbel Pablo Neruda.

 La intromisión detallada de revelar hasta las anotaciones más privadas, logra un conocimiento y una cercanía con el personaje, hasta conectar con cada una de sus emociones y pensamientos. Hasta el vertiginosos y abrupto desenlace de su muerte, la vida de Vigil es una ventana abierta a la identificación con una generación, con una historia común, y con todas las aristas del conflicto que genera el poder del conocimiento intelectual, traspasando hasta el lugar más ínfimo de la vida misma, pasando por la posibilidad de ponerlo al servicio de muchas cosas –guerrilla, gobierno, prensa, vida y el infaltable amor-.

 

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